El dominio romano en la comarca de Los Pedroches vendrá marcado por la explotación agrícola, minera y ganadera de la zona; usos que han sido constantes a lo largo de su historia.

Con la conquista de la Península Ibérica, comenzó un proceso de Romanización  que estuvo apoyado por la llegada de inmigrantes de origen itálico y romano, atraídos en buena parte por la riqueza minera del sur de la Península Ibérica. Algunos de ellos llegaron hasta la BeturiaTurdula, que comprendía, entre otros espacios, la zona de Los Pedroches. De toda la región, extrajeron cinabrio, oro, plata, estaño e hierro. Entre las minas destacaron: La Bienvenida (Ciudad Real), las de las Torcas (Torrecampo), Los Almadenes (Alcaracejos), Barranco del Soberbio (Pozoblanco) y Posadilla (Vva. de Córdoba).

A partir del siglo II d.C., en esta zona norte de la Bética, las minas se irán agotando y por ello, los asentamientos mineros tienden a desaparecer junto a otros pequeños dedicados a una economía agroganadera de subsistencia. Esto dará paso a la aparición de villas rurales de mayores proporciones que cultivarán trigo, cebada y mijo. Fe de ello dan las rejas de arado y molinos rotatorios encontrados en distintos yacimientos.

A su vez, estas villas sustentan una cabaña ganadera especialmente compuesta de ganado ovino, porcino y equino. El primero de los grupos debió de ser importante ya que en las villas rurales aparecen con frecuencia pesas de telar de cerámica y pequeñas fusayolas de plomo empleadas como contrapeso en el proceso de confección de tejidos. También serían muy apreciados los caballos criados en la Bética dada su fortaleza, que los hacía idóneos tanto para la guerra como para la caza. Y aunque no se han documentado restos óseos de cerdo doméstico, es muy posible que esta cabaña existiera, dada la cantidad y calidad de las bellotas que daban y dan las encinas de estos lugares.

En la comarca de Los Pedroches, destacan dos poblaciones romanas, Solia y Baedro. Solia ha sido identificada como Majadaiglesia (El Guijo), donde quedan restos de grandes pilas para lavar mineral. Y Baedro sigue sin tener una identificación clara. Hoy día se han conservado algunos restos de la vida de estos habitantes, como son los conjuntos cerámicos que poseemos en el museo de Villanueva de Córdoba y algunos vestigos de sus creencias religiosas.

Así, de la Tríada Capitolina (Júpiter, Juno y Minerva), han llegado exvotos y fragmentos escultóricos dedicados a ellos. Sabemos del culto a Júpiter gracias al hallazgo de dos altares, uno de ellos en paradero desconocido y otro en una finca privada del término de Pozoblanco; y por un fragmento de escultura en bronce que representa esta deidad. También conservamos un exvoto de dama embarazada dedicado a Juno, protectora de las mujeres en estado. Y por último, el culto a Minerva se constató con el hallazgo de una figura en bronce de dicha deidad, pero actualmente se encuentra desaparecido. No solo se rendía culto a estas deidades, sino que también a otras, como Mitra, del cual tenemos un pequeño bronce conservado en el Museo de Villanueva de Córdoba.

A comienzos del siglo III d.C. perdurará el culto a los dioses romanos, como parece atestiguar un altar de sacrificios hallado en Sibulco (Montoro), pero a finales del siglo III d.C., el Cristianismo ya estaba arraigado, como sabemos gracias al nombramiento de Osio como obispo de la Diocesis Cordubensis en el año 294.

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